QUIEN ME MIRA Por
Bajo su quitasol, escondía
la mirada si yo me volvía hasta él y, como un mal actor, la barajaba en cualquiera de los bañistas que asomaban
en la arena de la playa. Acaso nadie le hubiese contado lo complicado que resulta
que nosotras demos el primer paso, si al menos no conocemos el nombre que tiene
el peligro.
Fabricábamos una lista de
improbables novios que nos tocaría a mis amigas y a mí, al verano siguiente, mientras
pasaban en nuestro delante los cuerpos marcados y esbeltos de los muchachos, cuando
de pronto Marlene lo señaló. Al verse descubierto, para castigarme, volviose de
espalda. Yo maldije la hora en que mi indiscreción me alejó de la única
posibilidad que tenía de conocerlo.
Más tarde, cuando el
bullicio de la playa naufragaba en la negra reventazón que rebulle mar adentro,
él dejó la sombra. Por un momento sentí alucinar que se acercaba a mí,
aprovechando que me quedaba sola. “Dime, te quedas cerca- dice, después de
presentarnos-, es que habrá una toada esta la noche para despedir el verano y
me gustaría invitarte”. Sí, pienso contestar, pero mi respuesta se desvanece en
mi boca, una sed que de repente sube, machuca y enrosca mis pies hasta adueñarse
de mi cabeza, impidió que continuase de pie.
Cuando
desperté en la asistencia médica, junto a mi cama, ellas me confirman que él me
trajo hasta aquí.
-¿Dónde está?
- Se ha ido- me responde
una de ellas.
- ¿Pero le dijeron dónde
puede encontrarme si es que va por la ciudad?
Esfuerzo inútil.
Tontas no parecen entender mi pregunta, mientras dos lágrimas ruedan en mis mejillas. Es la rabia y pena de dejar mi paraguas de delfines color rosa en mi habitación, dándoles gusto a ese par de tontas, que reprochaban que se me viese una niñata que, ahora, llora haber dejado que su tonto miedo al ridículo y un repentino ataque de insolación lo separen para siempre de su secreto amador.